la dama de blanco
Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, existía en Mata-Bejid un convento perteneciente a la orden de San Basilio, que estaba habitado por una comunidad religiosa de ermitaños con su abad al frente. De este convento, al que se le dio el nombre de Santa Maria de Oviedo por estar situado junto al rio del mismo nombre, aún hoy podemos encontrar, junto a la central eléctrica de la Mata, restos de su edificación. A pocos kilómetros de ese lugar, se encontraba el castillo o castillejo de MataBejid, habitado en aquellos años por una familia de noble cuna, formada por padre, madre y tres hijos, que eran los dueños del castillo y de los terrenos que lo rodeaban.
Era la esposa una mujer virtuosa, de una belleza tan extraordinaria, que quienes la veían no podían dejar de admirarla y alabarla. Una tarde de verano, salió a pasear por los alrededores de la fortaleza con sus damas, y quiso la casualidad, que se cruzase en su camino el abad del monasterio de Santa Maria, quien nada más verla, quedó prendado de su hermosura.
Cuenta la leyenda, que loco de amor, se propuso conseguir sus favores, y como ella reiteradamente se los negara, el abad perdió la razón, la paz y el sosiego. Conquistarla se convirtió en obsesión, pasaba las noches en vela y los días ideando mil maneras de hacer realidad sus anhelos. La tarea no era fácil, ella estaba felizmente casada y era madre de tres hijos. A pesar de las dificultades, no desistió en su empeño, aprovechaba las salidas de la dama para requerirla en amores, le enviaba misivas, la seguía en sus paseos y en fin, la acosaba siempre que surgía la oportunidad
La señora hacía oídos sordos a sus ruegos, ignoraba y rechazaba una vez tras otra las pretensiones del fraile. Pasó el tiempo y el empeño del religioso crecía a la par que el rechazo de la dama, que cansada del acoso a que la sometía el abad, apenas se atrevía a cruzar las puertas del castillo. Lleno de ira, y dispuesto a emplear cualquier medio para satisfacer sus pretensiones, una tarde de otoño, en el que ella, cansada de su reclusión, salió a disfrutar del aire fresco del lugar, el abad que siempre permanecía al acecho, se le acercó y delante de todos los presentes, la amenazó diciéndole: - Esta es tu última oportunidad, si no accedes a mis pretensiones, te haré la mujer más desdichada que haya existido nunca
La señora hacía oídos sordos a sus ruegos, ignoraba y rechazaba una vez tras otra las pretensiones del fraile. Pasó el tiempo y el empeño del religioso crecía a la par que el rechazo de la dama, que cansada del acoso a que la sometía el abad, apenas se atrevía a cruzar las puertas del castillo. Lleno de ira, y dispuesto a emplear cualquier medio para satisfacer sus pretensiones, una tarde de otoño, en el que ella, cansada de su reclusión, salió a disfrutar del aire fresco del lugar, el abad que siempre permanecía al acecho, se le acercó y delante de todos los presentes, la amenazó diciéndole: - Esta es tu última oportunidad, si no accedes a mis pretensiones, te haré la mujer más desdichada que haya existido nunca
te haré la mujer
más desdichada que haya existido nunca sobre la tierra.
La señora hacía oídos sordos a sus ruegos, ignoraba y rechazaba una vez tras
otra las pretensiones del fraile.
Pasó el tiempo y el empeño del religioso crecía a la par que el rechazo de la
dama, que cansada del acoso a que la sometía el abad, apenas se atrevía a cruzar las
puertas del castillo.
Lleno de ira, y dispuesto a emplear cualquier medio para satisfacer sus
pretensiones, una tarde de otoño, en el que ella, cansada de su reclusión, salió a
disfrutar del aire fresco del lugar, el abad que siempre permanecía al acecho, se le
acercó y delante de todos los presentes, la amenazó diciéndole:
- Esta es tu última oportunidad, si no accedes a mis pretensiones, te haré la mujer
más desdichada que haya existido nunca sobre la tierra
.
La señora, al igual que había hecho siempre, ignoró y olvidó pronto la amenaza.
Pasó el tiempo sin que tuviese noticias del abad, y concluyó que dadas sus
reiteradas negativas se habría olvidado de ella.
Un día en que ya nadie recordaba el incidente, un criado del castillejo fue al
pozo para sacar agua, y al ver que el cubo que se utilizaba para este menester, ofrecía
resistencia a llenarse, pidió ayuda a otros compañeros y bajaron a ver qué ocurría, allí,
ante el estupor de todos, aparecieron ahogados los cuerpos de los tres hijos de la dama.
El fraile había cumplido su promesa y efectivamente, hizo de la bella la mujer
más desdichada del mundo.
El castillo se cubrió de negro, la alegría de sus habitantes se transformó en
dolor, la madre enfermó, perdió las ganas de vivir y poco después murió de pena
El padre quedó solo en el castillejo, y no pudiendo superar las perdidas sufridas,
falleció poco después, quedando el castillo deshabitado y solo.
Pasaron muchos, muchos años y la gente olvidó esta dolorosa historia.
Desapareció el convento, el castillejo se fue deteriorando y ambos, castillo y convento
se convirtieron en ruinas.
Pero desde entonces y hasta nuestros días, cuentan los pastores que llevan su
ganado a pastar por las cercanías del Castillejo de Mata-Bejid, y los caminantes que se
atreven a pasar de noche por el lugar, que a veces se ve paseando entre las ruinas del
castillo, una dama vestida de blanco, con el pelo ondeando al viento, que camina triste
y cabizbaja.
Y cuenta la leyenda que esta dama es el alma en pena de aquella señora, a
quien el infame abad del monasterio arrebató la vida de sus hijos, que quedó atrapada
entre las piedras del castillejo que fue el escenario de su tragedia, y pasea por las noches
entre sus ruinas llorando su p
.jpg)


.jpg)

Comentarios
Publicar un comentario